ÓPTICA POLÍTICA

Por Aliber López

 

“El Tercer Corazón, primera novela de José Ángel Solorio”

 

Con la venia del autor José Ángel Solorio Martínez, de su reciente y primera novela, “El Tercer Corazón”, de 111 páginas, 20 capítulos que al estilo de Dashiell Hammett, narra Solorio vertiginosamente,  voy a reproducir en mi columna una parte del primer capítulo de su reciente edición,  para que vayan apreciando la temática de la novela que muy pronto se presentará en nuestra ciudad.

Capítulo I

“El Tizón era un hombre de pocas palabras y de escasas sonrisas. Originario de Pánuco, Veracruz, se había hecho jefe de la plaza a mitad de la frontera norte de Tamaulipas por sus métodos bestiales para contener el avance de sus adversarios.

Mutilaba, hería, mataba y golpeaba sin remordimiento. Prieto, cacarizo, ojos achalados con el pelo rizado y dientes amarillos era la misma imagen de un feroz depredador.

Me llamó a su oficina.

Me recibió con amabilidad, como si fuéramos amigos de años.

-Capitán es muy sencillo arreglarnos- dijo.

Sin el menor recato saco de un cajón de su escritorio varios paquetes de billetes.

Eran 100 mil dólares.

“Sera mi bono mensual mi capitán”, escupió.

Yo estaba recién llegado a Reynosa como Jefe de Seguridad Pública enviado directamente por el Secretario de la Defensa Nacional. ¡Hasta el Gobernador se me cuadraba!

Le dije:

-Correcto. Solo dos condiciones: el cabrón que veamos armado, ¡le partimos su madre! Sea quien sea. Y usted no sabe quién soy yo, ni yo sé quién es usted.

-Como usted diga, señor-, me dijo.

Luego señaló una imagen a sus espaldas y subrayó con una solemnidad de notario:

Ahí está mi testigo, San Judas Tadeo.

 

Uno de los momentos más formidables  que viví en Reynosa ocurrió en una balacera. Estaban dándose en la madre dos grupos de malandros rivales. Las AK47, las granadas y las bazucas, hacían de la Avenida Hidalgo un estridente campo de guerra. Teníamos órdenes de no intervenir en ese tipo de acontecimientos; si proteger a los civiles, pero no involucrarnos en el fuego cruzado.

Vi una mujer histérica aferrada al volante de una “suburban” en medio del enfrentamiento. Bella, muy bella. Llevaba a su hijo en el portabebés. Llegue hasta ellos a mitad de la refriega. Los bajé  de la camioneta y los subí en un taxi para sacarlos del evento.

Horas después de la tarjeta de circulación saqué su dirección. Casi al anochecer estaba en la puerta de su mansión entregándole las llaves de su camioneta. Me agradeció el gesto. Me presentó a su esposo y a su pequeño hijo. Me despedí de ellos con un apretón de manos……”